David Rosenmann-Taub

RAPSODIA

 

RAPSODIA

2005. Lápiz sobre papel. 23x31 cm.

Una pareja, comunicados en silencio, aparece en la portada de Auge (LOM Ediciones, 2007) de Rosenmann-Taub; su historia se refiere a uno de los poemas en el libro, “Rapsodia”. El hombre y la mujer ya eran padres, pero su sueño de tener más hijos fue truncado cuando ella murió al, otra vez, dar a luz. El poema deja en claro que la tragedia sucedió hace mucho tiempo y lo que permanece del evento es una memoria lejana; así, los personajes en el dibujo están más allá del tiempo y el espacio. Exentos de cuerpos, sólo su energía perdura.

Dado que ambos están devastados, ¿quién dará consuelo a quién?

Con una tristeza sin solución, él la mira con intensidad. Ella, con el mismo pesar, pero absorta en sí misma, mantiene los ojos cerrados.

La pareja cayó en la trampa de querer más. Ahora están bajo la maldición de recordar las consecuencias.

Él, todavía con una leve sonrisa ante el recuerdo de sus deleites. Aspira, también, a dominar su propio dolor, para aliviar el de ella, que sólo siente sufrimiento, decepción e incluso repugnancia (evidente en la forma de su boca hacia abajo). Anhelaba tanto que su maternidad continuara. Lo que más amó le fue arrebatado.

Los remolinos alrededor de ellos expresan el deseo de él de consolarla, de intentar acariciarla — por medio de su pera, bigote y ceja —. La línea curva de energía que se mueve desde su mejilla hasta ella (y viceversa), evoca una mano abstracta que ansía abrazar.

Con un movimiento circular desde él hacia ella, una ola pincela su garganta. Ella responde con un gesto de llamado de su ceja. En el único punto que apenas se tocan es donde rozan sus cabellos.

En este proceso de fusión, ella ha adquirido algo de su masculinidad y él, de su feminidad.

A pesar de experimentar profundamente su pérdida para la eternidad, están tranquilos: su cercanía jamás cambia.

“Rapsodia”, el poema, se puede leer a continuación:

RAPSODIA

   Elbirita ostentaba la costumbre
de sentarse de modo
que algunos (mequetrefes)
compañeros guindáramos
divisar
su secreto.

   «¡Elvira!»
Ella no se movió.
«¡Elvira, por Dios santo!»
«Elbirita, con be
larga.»
«Párese al objetarme.»
 «Llámeme usté
correctamente.»

   ¿Garrotes?
Unas lágrimas.
Todos (menos, muy pálida, Elbirita),
peñascal
de culpables.
El señor profesor no enristra dónde
catear. Se saca los anteojos. Toma
la tiza. «Un voluntario
que borre el pizarrón.»

   ¡Ayúdenme
a acordarme!
Cienbillones de siglos
o ayer: no queda nadie:
ni el señor profesor,
ni un compañero,
ni, por supuesto, yo;
ni Elbirita, quien, quizá me equivoco,
murió de pulmonía.
No, de parto.
Sí, sí, de parto, sí.
Tuvimos una niña; luego, un niño
y,
por cimera gloria,
aquel tenue embarazo de mellizos,
que, de un zarpazo, a ella le borró
su secreto
y a mí el campo de dicha.

   Un voluntario, pronto, al pizarrón!»